La historia de «Wojtek» está es la historia de una unida de los soldados del
ejército polaco.
Todo comenzó por lo tanto en este país, que sucumbió en menos de un mes ante la invasión de los ejércitos alemán y soviético. Así, y tras sufrir 66.300 bajas, Polonia se rindió para evitar más muertes innecesarias. Sin embargo, lo peor estaba aún por llegar, pues los nazis hicieron nada menos que 587.000 prisioneros por 100.000 del ejército ruso.
Todo comenzó por lo tanto en este país, que sucumbió en menos de un mes ante la invasión de los ejércitos alemán y soviético. Así, y tras sufrir 66.300 bajas, Polonia se rindió para evitar más muertes innecesarias. Sin embargo, lo peor estaba aún por llegar, pues los nazis hicieron nada menos que 587.000 prisioneros por 100.000 del ejército ruso.
Estos soldados sufrieron innombrables penurias tras ser
capturados. Sin embargo, en 1941 la Unión Soviética sufrió el ataque de los que
consideraban sus aliados, los nazis, en lo que los alemanes denominaron
«Operación Barbarroja». El dirigente ruso, Stalin, se vio entonces forzado a
pedir ayuda militar a todos los países posibles e, incluso, al gobierno polaco
en el exilio. Los dirigentes de Polonia aprovecharon y, a cambio de la alianza,
exigieron la liberación de los militares encarcelados.
Durante el camino hacia El Líbano sucedería un hecho que
cambiaría la vida de los soldados polacos. Un día, y según Hernández «en un
paso de montaña entre Hamadan y Kangavar» (entre Irán e Irak), la columna de
vehículos se encontró con un niño hambriento y cansado. El pequeño, que llevaba
a su espalda una gran bolsa, les pidió algo de comer. «Mientras daba cuenta de
una de las latas de carne que le ofrecieron, los polacos advirtieron que del
saco que cargaba el chico asomaba un animal» determina el historiador en el
texto.
El animal era, para asombro de todos, un pequeño oso pardo
con unas pocas semanas de vida. «Según refirió el chico, lo había encontrado en
una cueva. Unos cazadores habían matado a su madre y el osezno se encontraba en
muy malas condiciones; a duras penas podría sobrevivir» afirma el historiador
en el documento.
Al parecer, los soldados se ‘encapricharon’ entonces del pequeño animal y ofrecieron todo tipo de golosinas al pequeño para poder llevárselo con ellos. Finalmente, y en términos de Hernández, el chico aceptó a cambio de «un bolígrafo que se transformaba en navaja». La cría de oso se acababa de convertir en un miembro más de la 22º Compañía de Transporte.
Al parecer, los soldados se ‘encapricharon’ entonces del pequeño animal y ofrecieron todo tipo de golosinas al pequeño para poder llevárselo con ellos. Finalmente, y en términos de Hernández, el chico aceptó a cambio de «un bolígrafo que se transformaba en navaja». La cría de oso se acababa de convertir en un miembro más de la 22º Compañía de Transporte.
A partir de ese momento, los soldados pasaron a ser las
niñeras del pequeño animal. Su primera tarea fue dar de comer al malnutrido
osezno, y para ello improvisaron un biberón con una botella vacía de vodka y un
pañuelo que hacía las veces de tetina. Para alimentarlo utilizaron la leche
condensada que llevaban en sus raciones militares, a la que añadieron agua para
que resultara más fácil de beber. No había duda, quedarse sin una parte del
desayuno era un mínimo sacrificio a cambio de ver al pequeño animal feliz.
Además, y según explica Hernández, el osezno no tardó en
hacerse querer por los soldados. A ellos les ayudaba haciendo más llevaderas
sus largas caminatas y los días tediosos. Él, por su parte, sentía el cariño y
el calor humano que los militares polacos estaban dispuestos a darle. De hecho,
y en términos del historiador, se cuenta que la primera noche que pasó con los
polacos, el pequeño animal se acurrucó al lado de un soldado al que siempre, y
desde entonces, buscaría a la hora de dormir. Días después, un soldado bautizó
al osezno como «Wojtek», un nombre de lo más común en Polonia.
El peuqeño oso fue creciendo, y se asemejaba cada vez más a
un verdadero soldado. «En los desfiles, 'Wojtek' caminaba erguido sobre dos
patas y en los trayectos en Jeep o camión iba sentado como cualquier pasajero»
asevera Hernández en el libro. Además, y para mayor asombro, fue abandonando la
leche para desarrollar una curiosa afición por la cerveza.
«Wojtek», en el frente de batalla
Sin embargo, el destino aún pondría a prueba la valentía de
este oso pardo. Lo haría en 1944 cuando a los polacos se les encomendó la tarea
de conseguir, junto a las tropas aliadas, arrebatar Roma a los alemanes. De
esta forma, los soldados recibieron la orden de desplazarse a Egipto, desde
dónde partirían en barco hasta Italia para iniciar la ofensiva.
Pero antes incluso del combate la mala fortuna se cebó sobre
«Wojtek», ya que los británicos no permitían viajar en sus barcos a ningún
animal de compañía. «Naturalmente, los soldados polacos no estaban dispuestos
de ningún modo a dejar atrás a su amigo, por lo que decidieron alistarlo en el
Ejército polaco, proporcionándole toda la documentación pertinente», explica el
historiador en su libro. Finalmente, y para asombro de todos los soldados, el
guardia inglés encargado de revisar el embarque no lo dudó y, sin mover un
músculo de la cara, dejó subir al barco a este nuevo militar, aunque, eso sí,
no sin antes «darle una palmada en el hombro», según afirma Hernández.
Días después, la unidad polaca desembarcó en tierra
italianas, donde participó en una de las más cruentas batallas hasta la fecha:
la de la Abadía de Montecassino. Concretamente, los aliados pretendían tomar
esta iglesia (ubicada en el sur de Roma) para avanzar luego hasta la capital de
Italia. Pero los alemanes, conocedores de la importancia estratégica de la
construcción, reforzaron la posición con una unidad paracaidista.
«Wojtek» mostraría durante esta batalla nuevamente su valor
mientras sus compañeros descargaban munición y víveres de un camión. En ese
momento, el oso se acercó a las cajas e hizo ademán de querer coger una. Los
soldados se tomaron este gesto como una muestra de que el animal quería ayudar
y, aprovechando su fuerza, cargaron a sus espaldas los paquetes más pesadas.
A partir de ese momento no era raro ver a «Wojtek» en
primera línea de batalla transportando hasta sus compañeros más balas para sus
fusiles o agua y comida para las posiciones más avanzadas. Se acababa de
convertir en un héroe. El asombro por parte de los polacos fue tal que,
incluso, y según afirma Hernández, cambiaron el emblema de su unidad por el de
un oso portando un bomba.
«Una vez finalizada la contienda, los soldados polacos
fueron trasladados a Gran Bretaña y, como no podía ser de otro modo, 'Wojtek'
fue con ellos. Llegaron a Glasgow, en donde fueron recibidos triunfalmente por
la población. Pero la gran atracción era sin duda «Wojtek», que desfilaba
orgulloso al frente de sus compañeros por las calles de la ciudad escocesa. Ese
fue el gran momento de gloria del que era ya popularmente conocido como el Oso
Soldado»
A partir de aquí la historia de ‘Wojtek’ se torna agridulce.
El ejército Polaco fue desmovilizado en 1947 y cada hombre se vio forzado a
seguir su propio camino» señala Hernández. Finalmente, y tras miles de
peripecias, era hora de que el Oso Soldado se despidiera de sus amigos y, en
definitiva, de las personas que le habían criado. «Ante la inminente despedida,
los que habían sido sus compañeros deseaban poner a 'Wojtek' en libertad en
algún bosque, pero las leyes británicas lo impedían, por lo que se tomó la
decisión de enviarlo al zoo de Edimburgo, en donde sería recibido como una
celebridad» explica el historiador.
«Sus antiguos compañeros, ahora civiles, le visitaban a
menudo; una vez allí, le llamaban por su nombre y el oso, conociéndoles, les
saludaba levantando una pata. Algunos de ellos saltaban la valla y pasaban unos
minutos jugando con él disputando un combate de lucha libre» destaca Hernández.
Sin embargo, los años fueron pasando y las visitas de sus amigos se fueron
haciendo cada vez menores.
«Durante los últimos años de su existencia prácticamente ya
no respondía a los estímulos exteriores. Permanecía acostado, impávido ante los
gritos del público que requería su atención» afirma el periodista. Y es que, al
parecer, la vida monótona del zoo no era la adecuada para este animal, educado bajo
el riesgo y las balas. Al final, y seguramente con una gran tristeza en su
interior, «Wojtek» falleció el 15 de noviembre de 1963 a la edad de 22 años.


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